Zapatos Rojos

Foto: Fernanda Bataller.

Encontrar unos zapatos tirados puede significar poca cosa. Pero cuando aparecen en la calle, el espacio público, la escena es otra. ¿Y si esa calle está en una ciudad fronteriza? ¿En el límite con Estados Unidos?

¿Y si los zapatos son de mujer?

El 22 de agosto de 2009, Elina Chauvet recorre la avenida Juárez con treinta y tres pares de zapatos pintados de rojo. Apoya los zapatos en el piso y los mueve simulando una marcha de mujeres, hasta que se topa con la garita de aduana hacia Estados Unidos y ya no puede avanzar más.

El impacto visual es muy potente. Es imposible no ver treinta y tres pares de zapatos pintados de rojo en una avenida.

La performance se transmite ese mismo día por televisión en Ciudad Juárez, su ciudad natal. En el noticiero, los periodistas hablan del arte callejero. Les gusta. El zapato es todo un símbolo de lo femenino. Y el rojo, muy sensual.

«Mi hermana y yo a veces nos prestábamos los zapatos, calzábamos el mismo número», dice Elina sin introducciones. Sabe que tiene que aprovechar el tiempo. Dice que la muerte de su hermana, en enero de 1992, le hizo empezar a ver la violencia hacia las mujeres en situaciones que antes le parecían naturales. En la intimidad de las familias. En las historias que contaban las mujeres de su propia familia. Lleva años transformando el dolor en arte, madurando la forma de hablar sobre el tema. Ahora se siente satisfecha porque al fin puede decir lo que quería, al público que necesitaba decírselo. Era cuestión de salir a la calle para instalar el tema. Los museos son espacios demasiado pequeños.

Lejos de las cámaras, le recomiendan volver a Los Mochis, la ciudad donde vive desde antes de que mataran a su hermana. Ella se va al día siguiente, con la emoción de la puesta en escena todavía en la piel. Pasa el tiempo y ella sigue hablando de la obra, primero entre amigos, después en Facebook. Dice que su proyecto es personal y es político. «En Ciudad Juárez, unos zapatos abandonados anticipan el desastre. Muchas veces son el primer indicio antes de encontrar el cuerpo. Otras veces, son los testigos mudos de una desaparición».

Dos años después, con trescientos pares de zapatos que le fueron llegando de distintas ciudades y países, toma impulso, los pinta uno por uno y arma una gira mexicana por Mazatlán, Culiacán, el DF., Chihuahua. Logra cruzar la frontera con los zapatos rojos y los suelta en el exterior del Consulado de México en El Paso.

Después de cruzar la frontera, la obra se vuelve imparable. Primero se replica en las ciudades argentinas de Trelew y Mendoza y en las italianas, Milán y Génova. Después se expande como una ola y empiezan a llegar solicitudes desde diferentes ciudades de México, Estados Unidos, Canadá, Argentina, Chile, Ecuador, Brasil, Guatemala, Paraguay, Noruega, Suecia, Reino Unido, España, Italia, Francia, Israel, Bélgica.

Zapatos Rojos no tiene, y nunca tuvo, respaldo económico. Jamás ganó una beca. Las instalaciones se organizan colectivamente. Solo hace falta una ciudad y un espacio público. Y zapatos pintados de rojo. El único requisito es que sean donados por quienes sientan la necesidad o el deseo de participar.

Ya no hay marcha atrás, dice Elina: sus zapatos hablan en un idioma universal.

Créditos foto © Fernanda Bataller
Si querés saber más sobre el trabajo de Elina Chauvet:
https://www.elinachauvet.ar