No sabrán quién soy yo si no han leído un libro titulado Génesis, pero no importa. Ese libro, que está en el Antiguo Testamento de la Biblia y el Corán, dice la verdad, casi siempre. Algunas cosas las omite (como mi nombre), pero casi siempre dice la verdad. Eso no es nada.
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Están a punto de empezar a leer mi historia y la de mi familia. Relájense. Concéntrense. Alejen cualquier otra idea. Dejen que el mundo que los rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre hay una mujer desapareciendo.
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Llámenme Edith. Hace unos años –no importa cuánto hace exactamente–, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, huí de Sodoma con mi familia.
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Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.
En mi familia andaba todo trastrocado. Acababa de enterarme de que mi marido había ofrecido a mis hijas vírgenes a los sodomitas para que hicieran con ellas lo que quisieran, a cambio de preservar la integridad de dos hombres forasteros que habían llegado a nuestra morada.
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Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Y yo cometí el más grave de los pecados: desobedecí un mandato. No sé si lo hice por tristeza o por curiosidad o porque esperaba que Dios cambiara de idea.
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Cuando Lot se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, me encontró sobre su cama convertida en una montaña de polvo sin sentido. Era como una duna blanca y sobre mí apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo.
«¿Qué te ha ocurrido?», me preguntó.
No era un sueño.
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Era inevitable: el olor de la sal, suave y áspera a la vez, siempre le recordaba el destino de las mujeres rebeldes.
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Muchos años después, frente a la inminencia de una muerte solitaria en el medio del monte, Lot había de recordar aquel día remoto en que huyó de Sodoma sin detener su marcha mientras yo moría.
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Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sabemos. Cuando llegamos con nuestro padre a Zoar –la única ciudad que quedó en pie tras la furia de Dios–, nos dimos cuenta de que nuestra madre no estaba entre nosotros. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer, apenas salimos de Sodoma.
Tendremos que dormir con nuestro padre. De esa manera podremos darle descendencia.
Nuestros nombres no aparecerán en la Biblia. Llegarán a decir que todo fue idea nuestra. Dirán que emborrachamos a nuestro padre para acostarnos con él. A los hijos del incesto, Moab y Ben Ammi, les darán un lugar mejor en la historia: moabitas y amonitas los reconocerán como patriarcas.
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La candente mañana en que Edith murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, su esposo Lot siguió caminando; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo se apartaba de ella y que esa muerte era la primera de una serie infinita.
Corresponde al Monte Sodoma, en el Parque Natural Desierto de Judea, lado sudoeste del Mar Muerto, Israel.
Está compuesto casi en su totalidad por halita (sal).
La formación geológica que tiene la forma de una silueta humana se llama "Esposa de Lot"

