Llegamos de noche al hotel conectado a la terminal B del aeropuerto.
La mujer de recepción nos pide los pasaportes y los deja boca abajo sobre el mostrador.
Las uñas rojas, puntiagudas, se mueven ágiles sobre un teclado. Nos mira. Saca de un cajón tres tarjetas, las apoya junto a los pasaportes y les pone la mano encima. Espera.
Como no reaccionamos, empuja las tarjetas y los pasaportes hacia nosotras.
Agradecemos y caminamos por el pasillo hasta el ascensor. Lo llamamos apretando el único botón.
Adentro estamos las tres solas. La luz blanca hace resaltar nuestro agotamiento.
Bajamos del ascensor en el único piso disponible. Hay olor a lavanda en el aire.
Las puertas de las habitaciones rodean un gran salón con ventanas enormes que nadie mira y televisores colgados, encendidos pero mudos.
Las rueditas de nuestras valijas se deslizan con dificultad. La alfombra es gruesa y ofrece resistencia. Empujamos. Tironeamos.
La habitación tiene un baño minúsculo y las camas están dispuestas en pares de cuchetas. Ni cuadros, ni ventanas, solo un ventilador de techo que no gira.
Yo elijo una cama de arriba y me recuesto. Quiero dormir, pero Laura no encuentra su boarding pass. Abre la valija sobre el piso y empieza a sacar ropa.
—Dormí un poco, Laura. Mañana vemos, más descansadas.
—Busquen, por favor —nos reclama—, hay que escanearlo para saber si estamos en el sistema.
Ninguna de las tres encuentra su boarding pass.
—Mañana, chicas, mañana.
Esa noche dormimos. Las siguientes se empiezan a complicar. Después del tercer desayuno seguimos sin aparecer en el sistema.
Los anuncios de los televisores cambian antes de que podamos leerlos completos.
Nuestro vuelo sigue anunciado, pero nunca con el mismo horario.
Cuando pedimos información, nos dicen que esperemos “unos minutos más”.
Con el tiempo dejamos de buscar explicaciones. Aprendemos qué ascensores tardan menos, qué televisores conservan los anuncios unos segundos más y a qué hora conviene bajar al comedor antes de que se formen filas.
A veces nos parece oír aplausos detrás de alguna puerta o una valija rodando sobre piso firme. En seguida el sonido se esfuma. Vuelve el ruido blanco de fondo. Las caras de siempre.
Nadie sale del hotel, aunque en ningún lado dice que esté prohibido.
Por las noches, antes de dormir, nos repetimos: “mañana, chicas, mañana”.
No importa qué pasillo elegimos recorrer, todos llevan a otro control, otro ascensor, otra puerta automática.
Un pasillo distinto nos hace apurar el paso. Sopla una leve corriente de aire. Vemos una luz que parece natural y, más al fondo, un cartel que asoma por detrás de unas columnas. Caminamos hasta que damos con un mostrador y gente que espera ser atendida. Una mujer repite en voz baja las respuestas que tiene que dar. Unos chicos caminan con sobres en las manos. Todos tienen pulseras con identificación.
Recién entonces leemos el cartel completo: Oficina de Permanencia Transitoria. Migraciones.
Nadie dice nada.
Nos quedamos un rato mirando el cartel.
Después buscamos otro pasillo para seguir deambulando.
Unos minutos mas

