Hermanas

A veces la reconstrucción empieza antes de que termine la guerra. Basta con que alguien mire un pedazo de pared
y se niegue a llamarlo escombro.
En Gaza, dos hermanas adolescentes aprovechan restos de edificios bombardeados para fabricar ladrillos. La noticia
pertenece al lenguaje de los diarios. En la foto de la BBC, Tala y Farah Mousa están vestidas de azul, usan hiyab y
anteojos. Una inclina apenas la cabeza. Las dos miran fijo a la cámara. Detrás de ellas se ve un fondo de hojas
verdes. La cámara hace lo mismo que hacen las hermanas: mostrar lo que sigue vivo.
Ellas sonríen en medio del desastre. No es una sonrisa feliz ni desafiante. Es otra cosa, mucho más incómoda: la
persistencia de una identidad justo donde la guerra quiere producir anonimato. Mientras la guerra convierte a las
personas en cifras, en multitudes desplazadas, en imágenes rápidas que miramos de lejos, ellas se plantan frente a
una cámara como hacen las hermanas en todas partes: un poco distintas, algo parecidas.
Acaban de recibir un premio de 12.000 dólares y dicen que quieren usar ese dinero para enseñar a otros a fabricar
ladrillos con escombros.
El invento ocupa apenas unos párrafos entre descripciones de desplazamientos, declaraciones de líderes mundiales
y estimaciones de destrucción en kilómetros y en toneladas. Sin embargo, después de leer la nota lo único que
queda son dos chicas que fabrican ladrillos. Las manos de Tala y Farah separando polvo de vidrio, ceniza, barro.
Mientras una sostiene el molde, la otra mezcla. Una calcula y la otra carga peso. Construyen juntas, como una
pequeña comunidad de dos. Y todo lo demás queda en segundo plano.
Yo también tuve una hermana. Escuchamos juntas muchas historias. Papá nos hablaba sobre su infancia en la
España de posguerra. Decía que después de una guerra siempre quedan cosas fuera de lugar: un azulejo pegado a
una pared que no sostiene nada, un marco de ventana, una puerta sin casa. A veces pienso que las hermanas
aprenden temprano una forma particular de reconstrucción.
Hay una extraña intimidad en tocar aquello que alguna vez fue un dormitorio, una cocina, el borde de una ventana.
Después de la guerra, la arquitectura no desaparece. Vuelve a ser una pregunta primitiva: ¿Cómo levantar refugio
con lo que queda?
Que sean dos adolescentes quienes se hacen esta pregunta conmueve. Pero no sorprende. ¿Qué es la adolescencia
sino una relación imperfecta con el límite? Mientras el relato de la guerra busca convertir las ruinas en derrota, en
paisaje definitivo, en significado único, estas chicas desobedecen. Le arrancan a la ruina una segunda posibilidad.
Tampoco sorprende que estas dos adolescentes sean mujeres. Reencarnan una antigua terquedad de las mujeres
frente a la guerra. El trabajo silencioso de sostener la vida: separar lo que sirve de lo que ya no sirve, preparar
comida donde parece imposible cocinar, improvisar refugios donde ya no hay muros.
Piensan sus ladrillos como semillas. Nadie hace ladrillos para el presente inmediato. Un ladrillo siempre supone que
habrá un después. Que alguien volverá a apoyar el cuerpo contra una pared. Que una ciudad podrá imaginarse otra
vez.
“No queríamos ver los escombros como símbolo de destrucción y pérdida”, dicen las hermanas.
Y se ponen a fabricar futuro.