No pasa nada

Llevo semanas escribiendo el mismo cuento. Sé lo que quiero decir y adónde quiero llevar la historia, pero no logro llegar a ese final. El problema es el punto de vista.

Cuando estudiaba arquitectura, en primer año de Morfología teníamos que elegir un lugar de la ciudad, llevar un tablero portátil, un block de dibujo, lápices, y sentarnos a representar un recorte de realidad en el papel. Elegir mal el punto de vista significaba el fracaso de la composición. “No elijan frontalidades”, repetía el profesor, “elijan puntos de vista que les permitan ver luces, sombras, matices, espesores”. Con el tiempo entendí que no hablaba solo de dibujo.

Para la historia que quiero contar, elegí un hotel en la periferia de Córdoba.

El título fue, en distintas versiones, La réplica, Cena Show Gospel, Sin decir una palabra.
La réplica me gustaba por su ambigüedad: puede ser ese segundo sacudón después del terremoto, una copia de menor valor o un contraargumento. Lo cambié por Cena Show Góspel porque funcionaba mejor la ironía. Y después lo descarté por demasiado explícito. Todas estas versiones estaban en primera persona. Ahora, en tercera, tengo claro que no voy a ponerle nombre a la protagonista. La voy a llamar: ella.

Entonces, tengo el lugar y la tengo a ella.  
Ella desconfía de las promesas de emoción —las cenas inolvidables, los viajes transformadores, los libros que aseguran cambiarte la vida—, pero acepta la invitación y va.

El lugar tiene una arquitectura que habla antes de que alguien diga algo. No es una figura retórica, es física: la imagen llega antes que el sonido. Siempre.

En la entrada, unas columnas jónicas sostienen un friso con números romanos. El lobby es de vidrio. Las galerías alternan barandillas de balaustres y columnas toscanas. Los interiores tienen pisos de baldosas calcáreas, ventanas verticales de madera con vidrios repartidos y paredes verde inglés. En los alrededores, un anfiteatro griego y unos estanques —¿japoneses?— con lotos y chorros de agua iluminados. En la playa de estacionamiento, entre las dársenas hay una moto de colección y un par de autos antiguos relucientes.

Aparece el dueño del hotel y se calza un rótulo: “soy muy ecléctico”. Ella piensa que ecléctico no es la palabra. Hay una más exacta. Pero no la dice. No es a eso a lo que vino.

Espera con tres amigas que cante un coro de góspel. En las versiones anteriores había ido primero con su esposo y un matrimonio amigo, después en familia.

Ella y sus amigas arman un diálogo coral durante la cena:

—Es mucho más que la música...
—La música, la acústica de la iglesia, la emoción de la gente… este lugar no da para ese ritual…
—Ritual no, la invitación dice claramente: “cena show”.

Escuchan el feliz cumpleaños de la mesa de al lado y se dan vuelta a mirar. Un gesto menor que alcanza para sacarlas de su micro mundo y convertirlas en espectadoras.
Al fin, entra el coro. Pero no como coro. Empiezan a cantar desparramados por el salón. Veamos qué trae la noche, se dice ella.

De pronto, se acuerda de una ceremonia anterior, en otro escenario, vestida de turista. Ella se largó a llorar de forma inesperada cuando escuchó al coro en aquella iglesia y se secó las mejillas y los ojos con los dedos y sintió que la música se le había metido adentro. Y no le importó, porque todos a su alrededor estaban de algún modo haciendo lo mismo.
Los griegos tenían una palabra para ese momento en que la emoción desborda y sale. Tampoco va a decir esa palabra.
Mira a su alrededor. Se mira las botas, las piernas cruzadas por debajo del vestido, los anillos, las uñas. Tiene una mano sobre la otra. No tararea. No se mueve.

En este punto es donde debería pasar algo.