Sin miedo: la batalla por el bronce

Imagen: Creative Commons

Antes de viajar hago listas. Me ayudan a ordenar la experiencia antes de que ocurra.
La ropa que voy a llevar, los lugares que quiero recorrer, los regalos que tengo que traer…
Siempre tengo miedo de olvidarme de algo o de perderme algo. Hacer listas me da seguridad, aunque después, la mayoría de las veces, los ítems de la lista se conviertan en deberes.

En la lista de Nueva York tengo anotada la escultura de bronce de La niña sin miedo.
Al lado de la obra, puse dos referencias separadas por comas: está junto al toro de Wall Street, la hizo la escultora uruguaya Kristen Visbal por encargo de una empresa de fondos de inversión.

Mientras camino con unos amigos por el parque de Bowling Green miro para abajo, reviso bien entre el tumulto, pero por más que me esfuerce, no la encuentro. Unas chicas rodean una placa en el piso; las escucho decir algo así como que la niña sin miedo perdió la batalla.

Podría sacarle una foto a la placa y tildar ese ítem como visitado, pero eso a mí no me funciona. Me siento obligada a averiguar por qué la sacaron de ahí. 

Parece que la historia empieza unos días antes de la Navidad de 1989. Un camión se detiene a la madrugada frente al edificio de la Bolsa de Nueva York y en menos de cinco minutos deposita la escultura de un toro de bronce de tres toneladas. A pesar del frío, a media mañana el toro ya está rodeado de gente. Todo el mundo está encantado. Hasta el alcalde. Pero el autor de la obra, un escultor italiano de apellido Di Modica, intervino el espacio público de la ciudad sin pedir autorización, así que desde el ayuntamiento dan órdenes a la policía para que traslade la escultura a un patio de Queens y exigen a las autoridades de la Bolsa que se hagan cargo de los gastos. 

No está claro cómo, pero el escultor se entera y llama por teléfono desde su casa en Italia a un par de periodistas estadounidenses. Dice que su obra representa la fuerza y el poder del pueblo americano después del colapso del mercado de 1987. En seguida aparecen grupos de ciudadanos neoyorquinos organizados para reclamar que el toro vuelva a su lugar. La Comisión de Parques no puede desoír el clamor popular, así que autoriza al escultor a intervenir la ciudad con su toro, pero con una condición: que no lo vuelvan a poner frente a la fachada de la Bolsa. Le hacen lugar en un recodo de Broadway, justo al final del parque de Bowling Green.

Veintiocho años después, en vísperas del Día de la mujer, aparece frente al toro la escultura de una nenita delgada, de un metro treinta, con el pelo recogido y los brazos en jarra. Las redes sociales se llenan de fotos artísticas con la niña de espaldas, en primer plano, y el toro desenfocado en el fondo. Ahí es cuando la veo en Instagram, dejo de deslizar y la anoto en mi lista.

El autor del toro tiene que haber visto las mismas fotos que yo, porque de inmediato aparece en los noticieros neoyorquinos pidiendo que retiren a la intrusa. Una escultura diseñada para llamar la atención sobre la desigualdad de género en el mundo empresarial, convierte a su toro en un símbolo machista y eso no es justo. A las pocas horas ya está en los portales de internet. Dice que, a diferencia de la niña, su toro costó unos 350.000 dólares que pagó de su bolsillo.  «Lo puse ahí por el arte. Mi toro es símbolo de prosperidad y de fortaleza», «Lo hice para todo el pueblo americano. No está diseñado para hombres, mujeres u homosexuales», «Se están aprovechando de la situación. No está bien que insulten a todos los americanos, ni a mí, ni a mi trabajo».

Un empleado de tercera línea del ayuntamiento sale a explicar que la niña sin miedo ha provocado conversaciones interesantes sobre el liderazgo de la mujer, pero «hacer de una pieza de arte una parte permanente del paisaje callejero de la ciudad requiere de una revisión profunda y meditada de una variedad de factores logísticos y de diseño». Semanas después, aparece la solución: le dan permiso para quedarse frente al toro por un año.

Cuando termina el plazo, la polémica se reaviva y le extienden el permiso por seis meses más. A finales de noviembre de 2018 llega la orden del traslado. La niña se va, pero deja una placa en el piso donde pide apoyo hasta que llegue a su nuevo lugar: frente a la Bolsa, el primer emplazamiento que había elegido el toro.

El 10 de diciembre, acompañada por la escultora Kristen Visbal, la vicepresidenta ejecutiva de la Bolsa, mujeres de la política y un grupo de empresarias, la niña tiene al fin su ceremonia de inauguración oficial.

Mientras aplaudo, me pregunto si es este final lo que me hace feliz o simplemente siento satisfacción porque puedo tachar el ítem de mi lista.

Ahora estoy armando una nueva: esculturas de niñas sin miedo que quiero conocer. Ya tengo tres: la de Paternoster Square, cerca de la Bolsa de Londres; la del Grand Hotel de Oslo, frente al parlamento noruego, y la de Federation Square, en el límite del distrito comercial de Melbourne.